• Milagro en Santorini

    Milagro en Santorini

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    este es el relato de un hecho real vivido y redactado por Patxi Urzaiz, capitan de embarcaciones de vela desde hace 20 años en Grecia que actualmente navega con nosotr@s en Selin’s Sail:

    “Hacía ya tres años desde mi llegada a esta isla, Santorini. Tres años durante los cuales el club de buceo que había abierto se debatía entre la necesidad de darme lo necesario para ganarme el sustento y la precariedad de su poco rendimiento. Durante muchas noches, la duda sobre su viabilidad y objeto me habían asaltado, y no era extraño que a veces las ganas de cerrarlo y dedicarme a otra cosa llegaran a ser mi idea principal.
    Santorini es una isla excepcional por muchos motivos. Su agitada historia cuenta, en sus cicatrices dejadas por el volcán que permanece aún en activo, las raices de la civilización cicládica, esa luz que alumbró esta parte de la Grecia isleña. El descubrimiento, ya hace años, de una maravillosa ciudad sepultada bajo la lava de su gran última erupción, allá por el año 1500 antes de Cristo, causó y todavía hoy causa, asombro y admiración ante el legado artístico, arquitectónico e urbanístico que dejaron sus habitantes antes de que el estallido definitivo del volcán asolara la isla.

    La práctica del buceo, muy reglamentado a causa de los posibles vestigios arqueológicos que pudieran encontrarse bajo sus aguas, era la manera de ganarme la vida. Llevaba en mi barco a turistas de diversas nacionalidades a sumergirse en las aguas de la caldera formada por la gigantesca explosión que llegó hasta la isla de Creta y que produjo un tsunami que los geólogos estiman, produjo olas de entre ochenta y doscientos metros de altura, destruyendo todas las defensas y fortificaciones cretenses aniquilando la civilización minoica.
    En la parte llana de la costa de Santorini, se acababa de construir un pequeño puerto, Vlijada, que permitía, a los pescadores de la isla, mantener sus embarcaciones en el agua durante todo el año y así ahorrarse el esfuerzo de tener que sacarlas a tierra durante los meses de invierno por temor a los temporales. Unas 70 embarcaciones se apretujaban en los muelles de este puertecito animado por el ir i venir de sus pescadores, la venta de los peces que capturaban y la febrilidad de los obligados preparativos para salir a faenar.
    Tanto mi amigo Pablo, buceador griego que compartía conmigo las fatigas y alegrías que nos procuraba esta difícil profesión, como yo mismo, habíamos asistido a varios naufragios protagonizados por pescadores de la zona. Los vientos son muy violentos en esta parte del Egeo. El enemigo N.1 de los pescadores de Santorini se llama : Meltemi. Es un viento del noreste que llega a soplar a más de cincuenta nudos ( 90 km/h. ) y que levanta una mar que hace imposible la navegación.
    Algunas veces, los pescadores, victimas de la repentina violencia de estos vientos, habían sufrido accidentes y naufragios, algunos de ellos con la pérdida de sus vidas. Todo esto nos animó, a Pablo y a mi mismo, a crear una especie de antena de salvamento y socorrismo que pudiera servir para asistir a esta gente en caso de naufragio y problemas habidos a causa de las inclemencias meteorológicas. De esta manera, en el año 2001, durante el mes de febrero, inauguramos este pequeño servicio, totalmente voluntario y sin espíritu de lucro alguno.
    Mientras uno de nosotros estaba inmerso en las tares de mantenimiento de nuestro material e instalaciones, el otro permanecía en el puerto al cuidado de nuestras dos embarcaciones; una “ Boston Waler “ que podía desplazarse a más de cuarenta millas por hora e ideal para las intervenciones rápidas, y otra embarcación cabinada que nos servía para llevar a unas veinte personas, más el material de buceo, a los sitios de inmersión.
    El día había amanecido desapacible, en este mes de febrero ya habíamos tenido varias alertas de Meltemi y ninguna de las embarcaciones había aparejado ante la fuerte probabilidad de temporal. El día anterior, a la caída de la tarde, todas los barcos habían vuelto de la faena y nos aprestábamos a vivir un par de jornadas de fuertes vientos durante los cuales la única actividad consistiria en limpiar aparejos y preparar las embarcaciones para cuando el temporal cesara.

    La mañana había transcurrido sin nada notable que resaltar. El viento arreciaba y el mar, ahora, parecía haberse vestido de blanco. La ola era corta, como sucede en el mar Egeo cuando se enfurece, pero muy violenta y la visibilidad era muy limitada. De pronto oí crepitar la radio V.H.F. que equipaba nuestro barco, alguien trataba de comunicarse, pero parecía tener problemas para ello. Por fin, un mensaje audible pudo salir de la radio : “ ¡ Ayuda, por favor, ayuda! “
    Me incorporé rápidamente y respondí : — Aquí, puerto de Vlijada, ¿ quien está al habla ?
    De nuevo el mismo mensaje repercutió en el terminal : ¡ Ayuda, ayuda. Mi papá se ha caído al agua y el barco está volcado ! —Aquí, puerto de Vlijada. ¿ Donde se encuentra su embarcación ?. La voz que pedía socorro era la voz de un niño. Estábamos acostumbrados a oír a niños jugando con las emisoras en los barcos de sus padres. Muchas veces estas bromas traían consigo inútiles desplazamientos en busca de alguna embarcación en dificultad. La mayor parte de las veces todo se terminaba con una reprimenda por parte de las autoridades al padre que, descuidado, dejaba a sus menores trastear con algo tan importante como puede ser una radio destinada a pedir intervención en caso de dificultad.
    Pasaron un par de minutos, pensaba que esta llamada pertenecía a este tipo de comportamiento infantil y me dispuse a seguir con mi faena. Al cabo de un cierto tiempo, algo me hizo pensar que esta llamada bien pudiera ser real, que alguien estaba en peligro. El resultado del escanner me daba una llamada, no desde una VHF fija en el barco, sino un emisor independiente de esos que se pueden llevar consigo en cualquier circunstancia. Asi que, cogí de nuevo el auricular de la emisora y pregunté. —Puerto de Vlijada, ¿quien ha llamado pidiendo socorro ?. Al cabo de unos instantes volví a escuchar la voz infantil :
    —Por favor, mi papá se ha cado al agua y el barco se ha volcado. ¡Vengan a buscarnos !.
    La voz parecia realmente angustiada y, como ruido de fondo, se oía el hulular del viento, lo que descartaba que la llamada se hiciera desde el puerto o algún sitio cerrado.
    Llamé inmediatamente a Pablo y le puse al corriente de la llamada y de que, a mi parecer, esta bien pudiera ser real. —Voy para allá, respondió mi amigo, trata de averiguar las coordenadas de donde proviene la llamada.
    De nuevo empuñe el combinado de la emisora y pregunté : —Por favor, ¿ puedes decirnos donde estás? .Inmediatamente oí la voz infantil : — hemos salido ayer a pescar. Mi papá ha pescado un pez muy grande y nos ha hecho volcar el barco. Mi papá está debajo y yo estoy agarrada a el .! Vengan deprisa, hace mucho frío !
    Traté de tranquilizar al pequeño y que me dijera que es lo que veia alrededor suyo de manera a llegar hasta donde se encontraba y socorrerle.
    La voz del niño llegó de nuevo: —¡ No sé adonde estamos! Hay dos islotes grandes y estamos en medio de ellos. ¡ Por favor, vengan enseguida, mi papá se va a ahogar !
    Como pude, traté de mantener la conversación con el pequeño y tranquilizarle.
    —Enseguida vamos adonde estás, no te sueltes del barco y permanece con la radio abierta.
    ¿Como te llamas ?, le pregunté. —¡ María, me llamo Maria! Respondió
    —De acuerdo, Maria, eres muy valiente. Sigue hablando que llegamos en unos minutos.
    Oí a la niña sollozar. Teníamos que salir rápidamente, el barco, aunque volcado, se mantenía a flote gracias a la bolsa de aire que se había formado en su interior, pero, con los embates del mar, era muy posible que entrara el agua y expulsara el aire haciéndolo hundirse.
    Por fin llego mi amigo Pablo y le puse al corriente de la situación. Pusimos en marcha los motores de la lancha rápida y salimos de estampida por la bocana del puerto.
    Mientras nos dirigíamos velozmente hacia donde yo suponía que se encontraba el barco siniestrado; los islotes Cristianna, a 16 millas de Santorini, tanto Pablo como yo mismo,

    Nos pusimos los trajes de neopreno, esenciales en caso de que nos viéramos obligados a echarnos al agua. Después de veinte minutos de navegación, nos introdujimos por el estrecho canal que separa los dos islotes. Mientras tanto, la comunicación con la niña nos había permitido localizar exactamente su posición y no tuvimos ningún problema en avistar el casco semi-hundido y a la niña aferrada a una parte de la barandilla del mismo. El tiempo se había vuelto más bravo; ahora soplaba con inusitada violencia y amenazaba, en cualquier momento, con hundir la embarcación.
    Encontramos a la niña en estado de shock. Completamente aterida, con la emisora que pendía de su cuello y que asía como si la vida le fuera en ello. Izamos a la pequeña en nuestro bote y,
    Después de despojarla de sus empapadas ropas, la envolvimos en mantas y le dimos un gran vaso de chocolate caliente que pusimos en el termo antes de hacernos a la mar.
    La pequeña lloraba desconsoladamente pidiéndonos que salváramos a su papá que había quedado dentro de la embarcación al volcarse esta. Mientras preparábamos una botella de aire comprimido para internarnos dentro del barco naufragado, la pequeña nos explicó como había sucedido todo : su padre había pescado un gran pez espada y al tratar de subirlo a bordo, a causa del oleaje y los espasmódicos movimientos del gran pez, el barco dio la vuelta volcando irremisiblemente. María salió despedida y gracias al chaleco salvavidas pudo mantenerse a flote. Peor suerte corrió el padre que, sin saber exactamente cómo, quedó atrapado en el interior del barco. No teníamos duda alguna sobre la suerte del papá de la niña:
    Después de tanto tiempo desde que ocurrió el naufragio, era más que evidente que el padre de María yacía ahogado dentro del barco.
    La pequeña, vencida por el miedo, el frio y el agotamiento, se había desvanecido.
    —- Pablo, dije a mi amigo, voy a meterme dentro a ver si consigo rescatar el cadáver. Quédate con la niña y estate alerta por si acaso necesito que intervengas.
    Dichas estás palabras me eché al agua, el tiempo apremiaba, dentro de una hora empezaría a oscurecer y ya no podríamos continuar con el salvamento. Además, el viento arreciaba y la mar se estaba poniendo muy difícil para cualquier tarea.
    Al penetrar en el interior de la embarcación, lo primero que vi fue el gran pez espada enrollado en un amasijo de hilo de pescar y cabos que lo rodeaban por completo. Allí vi al padre de María, en posición vertical. Como un relámpago, la luz se hizo en mi mente ; Al volcar el barco, El hombre se había enredado con el cable del traspondedor de la sonda, el profundímetro. Este está atornillado al suelo de la embarcación y es lo que permite dar información sobre la profundidad de los sitios por donde se navega. Ahora, el piso del barco era el techo, y el hombre estaba sujeto por el cuello al cable de este instrumento. Al estar en posición vertical, agarrado por este cable, el hombre mantenía la cabeza en la bolsa de aire que se había formado y que impedía que el barco se hundiera. Con el corazón desbocado por la emoción, comprobé que el hombre respiraba : ¡ estaba vivo y era milagroso que hubiera podido mantenerse así durante horas !
    Introduciéndole en la boca mi segundo regulador, corté el cable que lo mantenía sujeto al piso del barco y, cargándomelo a mis espaldas salimos a la superficie. Pablo no daba crédito a lo que veía. —Pablo, grité, ¡está vivo, está vivo !
    Como pudimos, lo hizamos a nuestro bote y le practicamos la respiración asistida con la esperanza de que volviera en sí. Al cabo de unos minutos, que nos parecieron eternos, el hombre empezó a boquear, toser y finalmente vomitar el agua que había tragado.
    La niña, ahora despierta, gritaba y llamaba a su papá. Abrazándose a el y llorando de alegría.— ¡ Papá, papá, estás vivo, estás vivo! Los dos estaban estrechamente abrazados y aunque el hombre no podía hablar, victima de la emoción, besaba y abrazaba a su hija.
    Ahora era urgente salir de allí. Teníamos ya muy poca luz y la zona estaba infestada de arrecifes y bajíos que hacían la navegación,a vista, harto complicada.
    Por fin, después de media hora de navegar entre las sombras del atardecer que se hacían cada vez más amenazantes, llegamos al puerto. Habíamos prevenido del suceso al hospital de Fira, la principal ciudad de Santorini, de lo que estaba sucediendo. Una ambulancia nos estaba esperando. Cuando desembarcamos, nuestros dos naúfragos estaban conscientes. Ahora de lo que se trataba era de analizar el grado de hipotermia de las dos personas , pero eso se haría una vez en el hospital.
    Hoy, María tiene ya 28 años. Su padre sigue pescando. Hace ya tiempo que nuestra “ antena “ de socorrismo se ha visto institucionalizada y dotada de mejores medios y técnicas que hacen de esta, un servicio importante para la seguridad en el mar.
    Cada vez que nos cruzamos con María y su padre por las calles de Santorini, nunca podemos evitar el que aflore una sonrisa de complicidad.
    Al fin y al cabo, todo esto tuvo un final feliz, que tan solo ha dejado, como huella y testigo de esta pequeña odisea, unas pequeñas marcas azuladas en el cuello del hombre que a punto estuvo de morir : hay bufandas para tapar eso. ¿verdad, María ?”

    Patxi Urzaiz

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